28/9/18

“WE WERE ON A BREAK!” O LA HISTORIA DEL MES QUE DEJÉ LAS REDES SOCIALES


Ilustración de Josefina Schargorodsky

Siempre que leía acerca de esas personas que se tomaban un tiempo de las redes sociales por culpa de los agobios, bloqueos creativos, “ansiedad”, las comparaciones y la falta de concentración, suspiraba y me repetía a mí misma que eso nunca me iba a pasar a mí. Hasta que me pasó.


LOS SÍNTOMAS

Echar todo el reflujo biliar y tener unas arcadas como si estuviera en The Conjuring son cosas que nunca hubiera relacionado con Instagram, pero la noche en que vomité hasta el alma tras pasar un buen rato en dicha red social me di cuenta de que a veces el cuerpo manifiesta -de maneras un tanto inesperadas, debo decir- lo que está sucediendo en tu cabeza. Y la realidad era que estaba perdida, y todo el ruido, información e “inspiración” constante de las redes sociales me estaba haciendo más mal que bien. Estaba a mil cosas y a ninguna. No era capaz de terminar ninguna buena idea. No podía escucharme a mí misma y mucho menos decidir qué quería hacer -creativa/laboralmente- con mi vida.

En una era en la que las redes sociales son una carta de presentación a la hora de aterrizar en el trabajo de tus sueños, no son pocas las personas que sienten presión y se preguntan de qué manera deberían mostrarse a ellos mismos, su vida y su contenido a través de la pantalla de un teléfono. Los que llevamos tiempo en esto somos plenamente conscientes de que nada es lo que parece en las vidas extremadamente curated de muchas de las personas a las que seguimos, pero aun así seguimos comparándonos y castigándonos a nosotros mismos por no poder competir con lo que representan esas instantáneas a reventar de likes. Os contaré por ejemplo, algo que me ocurrió este verano y me dio qué pensar: pasé unos días increíbles en las Highlands escocesas y en Edimburgo, y apenas subí fotos. Sin embargo, no podía quitarme de encima esa dichosa vocecita que susurraba: “Esto es una pasada… ¿no deberías estar subiendo más stories?” Y es que lo grave de esto es que tenemos tan interiorizado ese “Si no se comparte no ha sucedido” que hasta nos sentimos culpables o insignificantes cuando pasamos de ello. Sin ir más lejos, hace poco la revista Time dejaba bien claro que Instagram es la peor red social en cuanto a salud mental se refiere.

EL DIAGNÓSTICO

Todo se resume al fin y al cabo en un círculo vicioso de confusión, inseguridades y muchas horas perdidas frente a una pantalla. Y la noche del 10 de Septiembre de 2018, todo eso decidió hacer acto de presencia en mi estómago y salir durante las 3 horas siguientes por 3 orificios distintos de mi cuerpo. Lo bueno es que esos momentos de abrazar el retrete me aportan siempre una claridad brutal y honesta, y tomé una decisión: las redes sociales no iban a tener control sobre mi vida, ni sobre mis expectativas laborales, ni sobre nada de nada. Y además, iba a pasar un tiempo alejada de ellas, para poner en orden mis ideas. Como dice Cait Flanders en un post con el que me sentí 100% identificada:The same way opting out of buying stuff for two years taught me a lot about myself as a consumer, temporarily opting out of publishing content is giving me time to think about myself as a creator”. De modo que desinstalé las apps, borré los accesos directos en el portátil, le quité el sonido a Whatsapp (una bendición) y me preparé para experimentar una experiencia catártica al estilo de Don Draper en el último episodio de Mad Men.


Ilustración de Josefina Schargorodsky

EL TRATAMIENTO

Durante estas semanas me he dado cuenta de que, una vez pasado el “mono” inicial de los dos primeros días, todo es mucho más fácil, y aprendes a vivir un poco con un silencio mental al que no estás acostumbrada. Fuera endless scrolling, fuera save for later, fuera todo. Pero se vive muy bien, y te aporta una claridad mental de esas que te hacen distinguir lo importante de la mamarrachería y el espantajo, como dijo el gran Joaquín Reyes en el Celebrities de Galliano. He vuelto a leer libros, me he apuntado a una Escuela de Artes Escénicas, he vuelto a charlar con gente sin teléfono mediante, y he aprendido -porque sí, porque se nos ha olvidado- a disfrutar de mis ratos libres, de mi pausa para el desayuno… Me perdí una oferta de trabajo, pero un amigo se acordó de mí y me mandó un pantallazo, y tampoco me enteré mucho de lo que se cocía en esos mundos (hasta me olvidé de la gala de los Emmy), pero poco más. Pero sobre todo, al no estar comparándome con toda la gente cool por ahí, experimente algo revelador: me gusta mi vida, mis pequeñas cosas del día a día y los logros que voy consiguiendo poco a poco. Si, todo siempre puede ser mejor, pero estoy disfrutando el camino como nunca antes.

El jueves, tras 17 días de desconexión total de mis redes sociales, publiqué una fotografía en Instagram. Me apetecía compartir una sensación alegre tras un día alegre. No tenía pensado “volver” tan pronto, pero a lo largo de estas semanas viví situaciones en las que me di cuenta del impacto positivo de las redes sociales. La primera fue recibir varios emails la noche que dije que me tomaba un tiempo, todos de chicas que se abrían conmigo y me contaban que estaban pasando por un momento similar en sus vidas. Me pareció muy bonito que se hubieran tomado su tiempo en escribirme y que pensaran en mí. Luchando contra mi timidez, intercambié con todas ellas el número de teléfono y la promesa de charlar mucho más delante de una taza de té. A una de ellas la conocí ayer y fue una tarde genial. Me pareció maravilloso haber hecho una nueva amiga, haber creado comunidad gracias a una app para subir fotos.

Otra situación que viví fue cuando acudí a unos talleres sobre moda sostenible y reciclaje en una tienda de una chica en Malasaña. La charla la daba otra chica que me entrevistó hace poco para su nuevo blog, y me hacía mucha ilusión ir. Hablamos durante horas de armario cápsula, reciclaje de ropa y de residuos, experiencias personales y hasta tuvimos una masterclass de una experta en acuarelas que ilustra bolsos. Éramos menos de 8 personas. Fue descorazonador ver lo poco que la gente se anima a este tipo de iniciativas (bien por timidez, desconocimiento o pasividad), lo que me hizo tener ganas de volver a las redes y utilizarlas como plataformas para aportar mi granito de arena y conseguir que actividades tan geniales como esas llegaran a más gente. Experimenté la misma sensación cuando organicé mi picnic de intercambio de ropa. Porque hay vida más allá de macro-festivales consumistas organizados por la influencer del momento. Y de verdad, lo pasamos genial y salí de allí contentísima de haber conocido a gente con la que poder hablar de muchas de las cosas que me interesan.

Tras este tiempo sin redes, mi conclusión ha sido clara; si lo reducimos todo a su esencia, esto es como la vida misma: lo mejor es centrarse en las cosas buenas que te ofrece e intentar que las malas no te afecten. De modo que no voy a dejar que me afecte la presión por encontrar EL trabajo, ni el FOMO por no estar en la última hamburguesería de moda o viajando, ni las comparaciones con otros creativos, ni siquiera la opinión que otros puedan tener de mí a través del contenido que publico. Tampoco voy a dejar que una pantalla absorba mi valioso tiempo. ¡Mi vida! En su lugar voy a abrazar la diversidad, la comunidad de gente apasionada por los temas que me gustan, las amistades que se trasladan al mundo analógico, la inspiración bien canalizada y las ganas de perder el miedo a crear y compartir cualquier tontería mía hecha con ilusión que se me ocurra.

Estos días me han hecho reconsiderar mi relación con las redes, y sé que a partir de ahora ya no tendrán la misma influencia sobre mí. Al volver he visto con otros ojos muchas cosas, quizás desde un punto más cínico, quizás dándome cuenta de la necesidad que muchos tienen de aparentar. Pero a la hora de quedarte tú solo con tus pensamientos al ir a dormir…¿quién eres de verdad? He podido analizar lo que me aportan y lo que no. He podido darme cuenta de yo soy más que mi portfolio digital, y que el primer paso es HACER. Leí un artículo de una periodista que dijo que lo primero que hizo al volver a las redes sociales tras su retiro particular fue dejar de seguir a todas esas personas que no le aportaban nada, que eran tóxicas de un modo u otro o que no le hacían sentirse a gusto consigo misma. Yo también haré eso. Y es que a veces se nos olvida que sólo nosotros decidimos quien y qué puede entrar a formar parte de nuestra vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario